- ¿Qué es la cosidad? –dijo la Maga.

- La cosidad es ese desagradable sentimiento de que allí donde termina nuestra presunción empieza nuestro castigo. Lamento usar un lenguaje abstracto y casi alegórico, pero quiero decir que Oliveira es patológicamente sensible a la imposición de lo que lo rodea, del mundo en que se vive, de lo que le ha tocado en suerte, para decirlo amablemente. En una palabra, le revienta la circunstancia. Más brevemente, le duele el mundo.


martes, 28 de febrero de 2012

El profeta: de los Hijos


Vuestros hijos no son vuestros hijos.
Son los hijos y las hijas del anhelo de la Vida, ansiosa por perpetuarse. 
Por medio de vosotros se conciben, mas no de vosotros. 
Podéis darles vuestro amor; no vuestros pensamientos: porque ellos tienen sus propios pensamientos. 
Podéis albergar sus cuerpos; no sus almas: porque sus almas habitan en la casa del futuro, cerrada para vosotros, cerrada incluso para vuestros sueños. 

[Jalil Gibrán]

El profeta: del Amor


Como a mazorcas de maíz os recogerá.
Os desgranará hasta dejaros desnudos.
Os cernerá hasta libraros de vuestro pellejo.
Os molerá hasta conseguir la indelebre blancura.
Os amasará para que lo dócil y lo flexible brote de vuestra dureza.

[...]

Mas si vuestro miedo os hace buscar sólo la paz y el placer del amor, entonces mejor sería que cubrierais vuestra desnudez y os alejarais de sus umbrales hacia un mundo sin estaciones, donde reiréis, pero no con toda vuestra risa; donde lloraréis, pero no con todas vuestras lágrimas.


[Jalil Gibrán]

El profeta (I)







El mar, que llama todo hacia su seno, me llama ahora a mí, y debo embarcarme. Porque quedarse aquí, aunque las horas ardan en la noche, es helarse, cristalizarse, quedar preso en un molde. Gustoso llevaría conmigo todo cuanto hay aquí, pero ¿cómo llevármelo? Una voz no puede llevarse consigo la lencua y los labios que le prestaron alas. 




[Jalil Gibrán]

El sistema

Plan de exterminio: arrasar la hierba, arrancar de raíz hasta la última plantita todavía viva, regar la tierra con sal. Después, matar la memoria de la hierba. Para colonizar las conciencias, suprimirlas; para suprimirlas, vaciarlas de pasado. Aniquilar todo testimonio de que en la comarca hubo algo más que silencio, cárceles y tumbas. 

Está prohibido recordar.

se forman cuadrillas de presos. Por las noches, se les obliga a tapar con pintura blanca las frases de protesta que en otros tiempos cubrían los muros de la ciudad. 

La lluvia, de tanto golpear los muros, va disolviendo la pintura blanca. Y reaparecen, poquito a poco, las porfiadas palabras. 


[Días y noches de amor y de guerra; Eduardo Galeano]

Días y noches de amor y de guerra



Las cosas me acompañan y se van. Las tengo de noche, las pierdo de día. No estoy preso de las cosas; ellas no deciden nada. [...] Todo eso era de ella, tiempo compartido, tiempo que agradezco; y me lancé al camino, hacia lo no sabido, limpio y sin carga. La memoria guardará lo que valga la pena.

[...]

Cada una de mis mitades no podría existir sin la otra. ¿Se puede amar la intemperie sin odiar la jaula? ¿Vivir sin morir, nacer sin matar? En mi pecho, plaza de toros, pelean la libertad y el miedo.

[...]

Me pasaba la noche sentado en la cama y llenando ceniceros. Silvia, inocente, dormía de un tirón. Yo la odiaba a la hora del amanecer. La despertaba, la sacudía por los hombros, quería decirle: éstas son las preguntas que no me dejan dormir. Quería decirle: me siento solo, yo perseguidor, perro que ladra a la luna, pero no sé qué carajo me salía de la boca en lugar de palabras. Creo que tartamudeaba disparates, como ser: pureza, sagrado, culpa, hambre de magia. Llegué a convencerme de que había nacido equivocado de siglo de planeta. 

[...]

Dos por tres me olvido, y regalo a la tristeza esta vida de yapa. Me dejo expulsar del Paraíso, dos por tres, por ese Dios castigador que no termina de irse de adentro de uno.

[...]

Varios siglos antes de Cristo, los etruscos enterraban a sus muertos entre paredes que cantaban al júbilo de vivir. En el 66, con Graciela, bajamos a las tumbas etruscas y vimos las pinturas. Había amantes disfrutándose en todas las posiciones, gente comiendo y bebiendo, escenas de música y celebración. 

Yo había sido amaestrado católicamente para el dolor y me quedé bizco ante ese cementerio que era un placer.

[...]


Escribir era peligroso, como hacer el amor cuando se lo hace como debe ser.

[...]

Ser joven es un delito. La realidad lo comete todos los días, a la hora del alba; y también la historia, que cada mañana nace de nuevo. Por eso la realidad y la historia están prohibidas. 

[...]

Cuando Emilio me ofreció un mural para mi cuarto en Buenos Aires, yo le pedí que me pintara un puerto de colores vivos. Un puerto montevideano para llegar, no para irse.

[...]

Yo te contaba historias de cuando era chico y vos las veías ocurrir en la ventana. [...] Y atravesabas galopando los prados de mi infancia y de tu sueño, con mi viento en tu cara. 

[...]

Cosa curiosa: no la conozco y sin embargo la extraño. Tengo nostalgia de un país que no existe todavía en el mapa. 

[...]

El torturador es un funcionario. El dictador es un funcionario. Burócratas armados, que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea. Eso, y nada más que eso. No son monstruos extraordinarios. No vamos a regalarles esa grandeza.


[Eduardo Galeano]

domingo, 1 de enero de 2012

Decir Adiós

Decir adiós no es fácil
aunque tengas palabras
y razones:
son dos sílabas.

Decir adiós no es fácil aunque pongas
las letras en el orden necesario:

Algún tiempo nos duran
distintos rituales, poca cosa,
instintos quizás que nos aprende
o enseña el cuerpo en esos días
solubles en la taza de que bebes:

guardarme en la bolsa por la tarde
esas chocolatinas que te gustan
y ponen siempre en el café;
reírnos de la vida y acabar
en bares con nombre de frontera;
o vivir
sin el despertador porque a las tantas
(o de buena mañana)
me llamas y me dices
que el mundo no te ama y que te mueres
y estás sola.

Decir adiós siempre parece
traición o cobardía y no importa
que sea del revés

(osar lo que nos hace
distintos por mucho que busquemos
andar entre lo que soñamos por el día).

En un escaparate
los calcetines de felpa e imposibles
que llevabas;
y verte tiritando el mes de enero;
contra natura
comprar rubio porque sé
que acabarás pidiendo fumar juntos;
pasar dulces veladas en Urgencias;
o meterme en la carne
tu dieta peculiar
(ternera y queso)
antes de la poesía.

Son las cosas
que no escriben la historia
las más lentas en irse;
se borra la pasión,
se borran en diez lenguas
(y varios alfabetos)
todos esos te quieros con la tinta
y el dedo que tal vez nos dibujaran
de veras o de espejo.

Adiós es una frase
con un nombre común
(o propio en que no creo)
y no resultará más fácil porque sea
mentira como tú,
como tus mitos.

Decirte adiós, pues, no sería,
verdad, así que ahora
te digo que no voy a decirte
adiós, me iré sin firma y cuando
los ritos más pequeños,
esos que eran
verdad tengan a bien morirse,
mi adiós ya habrás oído sin palabra.


[Andrés Piquer]

domingo, 8 de mayo de 2011

No quisiera que lloviera



No quisiera que lloviera
te lo juro
que lloviera en esta ciudad
sin ti
y escuchar los ruidos del agua
al bajar
y pensar que allí donde estás viviendo
sin mí
llueve sobre la misma ciudad
Quizá tengas el cabello mojado
el teléfono a mano
que no usas
para llamarme
para decirme
esta noche te amo
me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató
pero te le parecías tanto


Cristina Peri Rossi