Me gusta amarte hincada de rodillas.
Aquí, tan desde abajo, tan cerca de la tierra
relamo el palpitar de tu cuidado
y centro mi delicia en el transcurso.
No es de extrañar que el mundo sea redondo.
¿Qué forma iba a adoptar, sino la de mi boca?
(Raquel Lanseros)
- ¿Qué es la cosidad? –dijo la Maga.
- La cosidad es ese desagradable sentimiento de que allí donde termina nuestra presunción empieza nuestro castigo. Lamento usar un lenguaje abstracto y casi alegórico, pero quiero decir que Oliveira es patológicamente sensible a la imposición de lo que lo rodea, del mundo en que se vive, de lo que le ha tocado en suerte, para decirlo amablemente. En una palabra, le revienta la circunstancia. Más brevemente, le duele el mundo.
domingo, 4 de abril de 2010
Sálvese quien sepa cómo
Hace 300 días
que recorro los lindes de tu bosque
y tu cara ya no es tuya
ojos que pueden ser de otro,
perfiles, narices de formas imprecisas, abarcables.
Atrapé la maceta antes de caer
sobre tus cielo.
Colonicé tus tejados
con lluvia.
Me arrepentí de mis nocturnidades
mientras apago mi borrachera.
Hace 300 años que me encojo
a tu entrada
retrocedo
me escondo en una de tus botas
exploro bajo tu alfombra
el sonido de tu tele a medianoche
tú dormido,
baba colgando,
afuera nieva.
La luz que se va,
saltan los plomos.
Trato de arropar tus desvaríos,
de colmar de barcos
cada una de tus tempestades,
de hacerte zumos de limón y azúcar
y curas de sueño
entre mis pechos.
Trato de partir pronto,
de no hacer ruido,
procurar oídos sordos
a cada uno de tus suspiros.
Y es desesperante.
Trato de lavar cien veces
tus trapos sucios,
de curiosear entre los callos de tus dedos,
tus antiguas bondades.
El cenicero lleno,
la leña mohína,
listos todos para el galopante retroceso.
Sálvese quien sepa cómo.
Y que levante la copa quien pueda.
(Estelle Talavera Baudet)
que recorro los lindes de tu bosque
y tu cara ya no es tuya
ojos que pueden ser de otro,
perfiles, narices de formas imprecisas, abarcables.
Atrapé la maceta antes de caer
sobre tus cielo.
Colonicé tus tejados
con lluvia.
Me arrepentí de mis nocturnidades
mientras apago mi borrachera.
Hace 300 años que me encojo
a tu entrada
retrocedo
me escondo en una de tus botas
exploro bajo tu alfombra
el sonido de tu tele a medianoche
tú dormido,
baba colgando,
afuera nieva.
La luz que se va,
saltan los plomos.
Trato de arropar tus desvaríos,
de colmar de barcos
cada una de tus tempestades,
de hacerte zumos de limón y azúcar
y curas de sueño
entre mis pechos.
Trato de partir pronto,
de no hacer ruido,
procurar oídos sordos
a cada uno de tus suspiros.
Y es desesperante.
Trato de lavar cien veces
tus trapos sucios,
de curiosear entre los callos de tus dedos,
tus antiguas bondades.
El cenicero lleno,
la leña mohína,
listos todos para el galopante retroceso.
Sálvese quien sepa cómo.
Y que levante la copa quien pueda.
(Estelle Talavera Baudet)
El viaje
Antes de hacer la maleta
debes comprender algo:
el viaje, a pesar de las postales,
de los monumentos y las tabernas,
de las librerías y las catedrales,
es en el fondo una ruta hacia
el interior de uno mismo,
hacia el conocimiento de quiénes somos
y qué anhelamos y dónde quedaron
las huellas de nuestros sueños.
El viaje también sirve
para saber si, de regreso,
al mirar a los ojos
de tu compañera,
quieres pasar el resto
de tu vida junto a ella.
(José Ángel Barrueco)
Amantes
Somos como son los que se aman.
Al desnudarnos descubrimos dos monstruosos
desconocidos que se estrechan a tientas,
cicatrices con que el rencoroso deseo
señala a los que sin descanso se aman:
el tedio, la sospecha que invencible nos ata
en su red, como en la falta dos dioses adúlteros.
Enamorados como dos locos,
dos astros sanguinarios, dos dinastías
que hambrientas se disputan un reino,
queremos ser justicia, nos acechamos feroces,
nos engañamos, nos inferimos las viles injurias
con que el cielo afrenta a los que se aman.
Sólo para que mil veces nos incendie
el abrazo que en el mundo son los que se aman
mil veces morimos cada día.
(Jorge Gaitán Durán)
La insoportable levedad del ser (I)
Pero, ¿era amor? La sensación de que quería morir junto a ella era evidentemente desproporcionada: ¡era la segunda vez que la veía en la vida! ¿No se trataba más bien de la histeria de un hombre que en lo más profundo de su alma ha tomado conciencia de su incapacidad de amar y que por eso mismo empieza a fingir amor ante sí mismo? Y su subconsciente era tan cobarde que había elegido para esa comedia precisamente a una pobre camarera de una ciudad perdida, que no tenía prácticamente la menor posibilidad de entrar a formar parte de su vida.
(M. Kundera)
(M. Kundera)
Mujeres
Empezó a cabalgar. Podía hacerlo, con sus 45 kilos. Yo apenas podía pensar. Hice pequeños movimientos, encontrándomela de vez en cuando. A ratos nos besábamos. Era bestial: estaba siendo violado por una niña. Se movía, me tenía clavado, atrapado. Era una locura. Sólo carne, sin amor. Mi niña, niña mía, ¿cómo puede tu cuerpecito hacer estas cosas? ¿Quién inventó a las mujeres? Con qué propósito?
[...]
Cuando acababa sentía como si fuera en la cara de todo lo decente, blanca esperma resbalando por las cabezas y las almas de mis padres muertos. Si hubiera nacido mujer seguro que hubiera sido una prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí."
(Bukowski)
[...]
Cuando acababa sentía como si fuera en la cara de todo lo decente, blanca esperma resbalando por las cabezas y las almas de mis padres muertos. Si hubiera nacido mujer seguro que hubiera sido una prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí."
(Bukowski)
jueves, 4 de marzo de 2010
Vida ulterior
Qué consuelo: al parecer
–se dice– las uñas de las manos y los pies,
y posiblemente el pelo también,
siguen creciendo después de la muerte.
Ponedme unas tijeras en la tumba.
Günter Grass
–se dice– las uñas de las manos y los pies,
y posiblemente el pelo también,
siguen creciendo después de la muerte.
Ponedme unas tijeras en la tumba.
Günter Grass
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